Los Cuatro Principios del Acuerdo Rojo

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He aquí los cuatro principios fundamentales del Acuerdo Rojo que fueron presentados en la primera reunión de la coalición del Acuerdo Rojo, el 19 de junio del 2018 en el Larry Casuse Freedom Center en Albuquerque, Nuevo México.

Lo que crea la crisis no la puede resolver

Todos hemos escuchado del término “desinversión”. Ésta era una estrategia popular durante el levantamiento del NoDAPL (No! al oleoducto Dakota Access – Siglas en inglés) en el 2016; los protectores del agua llamaron a las masas a desinvertir de las instituciones financieras que invierten en los oleoductos. ¿Por qué sería necesario desinvertir del oleoducto, y de la industria de combustibles fósiles en general? Porque éstos ocasionan un gran daño a la gente y al planeta, y más intensamente, a los pueblos indígenas. Aprendemos de las tradiciones abolicionistas negras que llaman a la desinversión de la criminalización, el encarcelamiento, y de infligir daño a los seres humanos, y a la desinversión de la violencia explotadora y extractora de los combustibles fósiles.

Pero la desinversión constituye sólo la mitad de la ecuación. ¿Qué haremos con los recursos disponibles una vez que desinvirtamos de las prisiones, del ejército, de la industria de detención, y de los combustibles fósiles? Ya en el 2015, los gastos militares constituían más del 54% de todo el gasto discrecional a nivel federal. Para el 2020 la propuesta de gasto discrecional para la seguridad nacional es de $750 mil millones, de los cuales $718.3 mil millones han sido asignados específicamente para el ejército de los EEUU. Cada año, EEUU provee $3.8 mil millones en ayuda militar a Israel. $182 mil millones se gastan cada año en policías y cárceles. Y ocho individuos blancos—todos con excepción de uno, ciudadanos estadounidenses—son dueños de más de la mitad de la riqueza del mundo. Y esto ni siquiera incluye las ganancias de la industria de combustibles fósiles.

Comparemos esto a los $68 mil millones asignados para la educación en el 2016, y los $186 mil millones asignados para los servicios de salud mental en el 2014. Y sólo $66 mil millones de los fondos discrecionales anuales se usan para los servicios sanitarios, y $5.4 mil millones son dedicados al IHS (Servicios de Salud Indígena). A pesar de que se dedica una cantidad tan masiva de recursos, los servicios de salud están fuera del alcance de casi la mitad de los estadounidenses. A pesar de obligaciones por tratados y obligaciones federales, la población indígena (especialmente los que viven en las zonas urbanas) tienen el peor servicio de salud. Las corporaciones, así como la industria farmacéutica controlan los servicios públicos a través de su cabildeo político. A pesar de que estas cifras sean tan bajas, el gobierno de los EEUU está amenazando recortar los gastos de educación, servicios de salud, cupones para alimentos, y otros servicios cruciales de salud y recursos humanos para en su lugar aumentar aún más los gastos militares. ¿Imagínense si tuviéramos más de un billón de dólares para invertir en servicios de salud para todos? ¿Para reparar las carreteras y proveer transporte público seguro y accesible para todos? ¿Para invertir en programas de revitalización lingüística a gran escala en todas las naciones indígenas del continente?

¿Imagínense si fuese el ejército norteamericano el que tuviera que recolectar fondos vendiendo pastelitos o baratijas para poder seguir funcionando, en vez de ser los programas preescolares, los albergues para víctimas de la violencia doméstica, los programas de arte y de idiomas, y las clínicas de planificación familiar quienes tengan que hacer ésto? Esto prueba que existe una superabundancia de energía y de recursos que se usan para atacar a los activistas indígenas protectores del agua y defensores de la tierra, y a los musulmanes, los negros, mejicanos, las mujeres, los LGTBQIA2+ (lesbianas, homosexuales, transgénero, bisexuales, Intersexuales, asexuales, y gente de dos espíritus. Siglas en inglés), y a la gente pobre. Mientras tanto al cambio climático se le presta una mínima atención. Con los recursos que conquistemos de la desinverción, se podría acabar con el hambre, el analfabetismo, el hambre de los niños, la falta de viviendas, a nivel mundial, y construir mañana energía renovable.

Este es el mundo que estamos proponiendo.

Por el cambio desde abajo y a la izquierda

La oleada de leyes en contra de las protestas, que decenas de estados han estado considerando a raíz de los movimientos Black Lives Matter y NoDAPL, ponen en evidencia que es el pueblo mismo y sus demandas en favor de una vida digna, quienes constituyen una amenaza contra los poderosos. Se ha olvidado que el actual interés en propugnar legislación por un Nuevo Trato Ambiental (Green New Deal (GND)) sólo ha sido posible porque su principal proponente, Alexandria Ocasio-Cortez, fue inspirada por el levantamiento NoDAPL. Los pueblos indígenas están, y siempre han estado, a la vanguardia de la lucha por la justicia climática.

Mientras que los políticos abandonan las demandas en favor de la justicia social, como el cuidado de la salud, la vivienda, y la educación, nosotros las hacemos nuestras. Pero sabemos que se debe ir más allá. Debemos hacer valer todo el peso del poder popular en pro de estas demandas por una vida digna. El poder popular consiste en la fuerza organizada de las masas. Un movimiento por recuperar nuestra humanidad y una legítima relación con nuestra tierra. Mediante ello, no sólo derrocaremos al poder de los ricos, sino también construiremos un nuevo mundo sobre las cenizas del imperio. Un mundo en donde quepan muchos mundos.

No pueden existir ricos sin pobres; los ricos dependen de los pobres. Pero los pobres no necesitan de los ricos. Aquí reside nuestra fuerza. A pesar de que los pueblos indígenas viven en una sociedad capitalista, seguimos practicando nuestro poder popular. Por ejemplo, la gente de la comunidad indígena Pueblo son autosuficientes en cuestión de alimentos en casi todas sus funciones ceremoniales. El objetivo original de esta costumbre consistía en extraer el excedente de aquéllos con mayor riqueza y redistribuírlo entre los más necesitados para que no llegaran a constituirse ni una clase pobre ni una dominante. De esta forma se satisfacían las necesidades materiales de todos; no existían hambrunas, ni falta de viviendas, ni alienación. Todos estaban emparentados, y todos tenían parientes. El capitalismo destruyó este mundo. Debemos destruir al capitalismo para que pueda resurgir ese mundo.

El poder popular es la forma más directa de democracia. La gente común y corriente decide lo que más les conviene a ellos mismos, no las élites ni los poderosos. Los más ricos del mundo se han rehusado a pagar impuestos por más de un siglo, mientras que los pueblos indígenas sufren hambre y mueren de enfermedades evitables. Somos de opinión que llorarle a quienes te despojan de tu tierra es lo contrario al poder popular. No se le puede extirpar la lacra homicida al capitalismo, así como tampoco se puede esperar que los ricos se despojen de sus riquezas por las buenas. Entonces, ¿cómo hacer que cambien las cosas? ¿Tratar de persuadir al congreso y a los políticos? No. Nos dirigimos directamente a nuestro pueblo, salimos a las calles y movilizamos el apoyo de nuestra comunidad. Una vez galvanizado el apoyo de la comunidad, los políticos irán a la zaga.  Nuestra palanca de fuerza es el pueblo. La palanca de fuerza se origina en el movimiento de masas que acarreas. Sólo cuando el pueblo se mueve es que construimos suficiente fuerza para imponer concesiones y finalmente llegar a la victoria.

Los políticos no pueden hacer lo que sólo los movimientos de masas pueden lograr

Todo el mundo ha escuchado del término “reforma”. Los políticos lo usan constantemente cuando describen sus planes en pro del cambio social. Nosotros también creemos en la reforma. Pero proponemos un tipo distinto de reforma. Típicamente la reforma significa pedirles a los poderosos que implementen cambios graduales que esperamos a fin de cuentas mejoren nuestras vidas. Este enfoque trata con los síntomas de la crisis, pero no con las estructuras de poder responsables por las crisis en primer lugar. Por ejemplo, en el mes de marzo de 2016, la cámara fotográfica de solapa del agente policial Austin Shipley capturó el asesinato cometido por este agente contra la madre Navajo Loreal Tsingine a plena luz del día, en Winslow, Arizona. Se aduce, por parte de quienes propugnan una reforma al sistema policial, que las cámaras de solapa producen un efecto disuasorio contra la violencia y los asesinatos que comete la policía. Pero Shipley asesinó a Tsingine impunemente y ni siquiera fue enjuiciado.

El mismo año en que Tsingine fuera asesinada, la policía, actuando de manera brutal, arrestó a más de 800 Protectores del Agua (Water Protectors), y traumatizó a innumerables personas en Standing Rock. Ese mismo año, la policía mató gente indígena a mayor ritmo que a cualquier otro grupo de personas y asesinó a mujeres nativas a un ritmo seis veces mayor que al de mujeres blancas. Y, sin embargo, para quienes impulsan una “reforma” MMIWG (en pro de mujeres y niñas indígenas asesinadas y desaparecidas. Siglas en inglés) la solución al asesinato, violación, tortura y encarcelamiento de mujeres indígenas es aumentar el número de agentes policiales.

Y en los años 2018 y 2019, se vio un incremento en las muertes de niños indígenas en los centros de detención a través de la frontera USA-México. Fuimos testigos del asesinato a tiros de Claudia Patricia Gómez, una mujer indígena de Guatemala, a manos de un patrullero fronterizo estadounidense. Y lloramos la muerte de la mujer indígena trans Roxana Hernández en un centro de detención de la ICE (Agencia de Inmigración y aduanas. Siglas en inglés). Los reformistas que trabajan en la cuestión de la inmigración han pedido que las patrullas fronterizas mantengan unidas a las familias, y también han presentado demandas para que se construyan jaulas “más humanas” para estas familias e individuos.

La pregunta que estos reformistas hacen es: ¿Cómo se puede mejorar a la policía? ¿A quién debemos presionar para poder hacer estas mejoras? Nosotros, en vez, preguntamos: ¿Por qué se considera que la policía es la solución a la crisis de la vida indígena? ¿Por qué necesitamos tener policías? “Chinga la Migra,” “Eliminemos a ICE”, y “Que no existan prohibiciones en tierra robada” no son simplemente consignas, sino que son demandas por una vida con dignidad. La policía, el ejército, y la patrulla fronteriza existen para proteger los intereses y las riquezas de la élite. En lugar de proveer vivienda, seguro de salud, y alimentos, sólo nos dan más policías, más soldados, más muros, más agua envenenada, y más jaulas. Los intereses de los pocos siempre están por encima de las necesidades de los muchos. Así es como funciona el poder en el mundo estructurado por el capitalismo.

Los reformistas no entienden esta verdad fundamental de los estados capitalistas. Los estados protegen al capital y a la clase rica, no a la vida. Los reformistas que le suplican al estado que cambie su forma de ser ponen en peligro nuestro futuro. Nosotros nos rehusamos a transar sobre este futuro. Nuestra filosofía de reforma consiste en redistribuir la riqueza social entre quienes en realidad la producen: los trabajadores, los pobres, y los pueblos indígenas, el Sur Global, las mujeres, los migrantes, los que cuidan la tierra, y la misma tierra. Cada una de estas categorías necesita protecciones especiales. Algunos ejemplos del tipo de reforma que buscamos incluyen una moratoria total en la extracción del petróleo, el gas y el carbón. Otra reforma consiste en la restauración de la salud de las tierras, las aguas y el aire indígenas. Estas “reformas no-reformistas” son cruciales para lograr la abolición, la descolonización y la liberación.

¿De dónde conseguiremos el dinero para llevar a cabo estas reformas? Expropiando la riqueza de los contaminadores corporativos y los gobiernos de colonos para redistribuirla entre las masas, creando empleos que cuiden y hagan sanar al planeta y construir un futuro colectivo.

De la Teoría a la Acción

Los patrones controlan el mundo, desde la Casa Blanca hasta los altos ejecutivos de las corporaciones multinacionales que lo saquean. Sin embargo, no existe una izquierda unificada que constituya una verdadera amenaza a los patrones. Hemos sido testigos de grandes rebeliones de base contra la industria del combustible fósil, la violencia policial, las políticas racistas de inmigración, y la explotación laboral, y aun así no se ha llegado a conformar un movimiento unificado de masas. Creemos que la lucha por estas reformas por restablecer la salud de nuestros cuerpos y de la tierra servirán como el vehículo más potente para la construcción de un movimiento de masas. No se trata simplemente de oponerse a algo; debemos estar en favor de algo.

Operamos con la intención de efectuar recomendaciones políticas utilizables a cualquier nivel de gobierno, desde las bases, hasta los consejos tribales, hasta el estado. No podemos darle la espalda al estado porque el estado tiene sus miras puestas en nosotros todo el tiempo. Los pueblos indígenas sabemos muy bien que cada momento de nuestras vidas está mediado por el estado: es ilegal dar a luz en nuestros hogares tradicionales sin permiso del estado, y ni siquiera se nos permite visitar nuestros lugares sagrados que están dentro de las tierras federales sin prueba de identificación. El estado nos acosa donde estemos, porque se supone que ni siquiera debiéramos existir; se supone que no estemos, que nos hayan borrado del mapa, de las tierras que los EEUU tan desesperadamente quiere explotar para sus ganancias. En todo lugar en que el estado y las fuerzas del capital fijen sus miradas–todos nosotros, jóvenes, indígenas urbanos, mujeres, migrantes, gente negra, personas LGBTQAI2+, nuestras montañas y aguas sagradas–debemos agitar y organizarnos. No podemos simplemente construir utopías aisladas mientras que el resto del mundo arde en llamas, tampoco podemos esperar que surta efecto el lento proceso de la reforma reformista. No podemos simplemente curar nuestro trauma individual, como tampoco consumir mejor para cuidar el medio ambiente. No podemos votar más fuerte y poner nuestras esperanzas en unos cuantos individuos en el Congreso. El cambio climático nos matará antes que cualquiera de estas estrategias libere al planeta del capitalismo.

Al luchar en pro de reformas no-reformistas en estas comunidades y con ellas, le restaremos fuerza y recursos a quienes nos controlan y nos hacen daño y reinvertiremos estos recursos en pro del bienestar de todos. Lucharemos por la redistribución de las riquezas que nos han robado, ya sea la tierra, el agua, el aire, o el trabajo. Lo haremos manteniéndonos fieles a las filosofías de la abolición, la descolonización y el anticapitalismo.

Debemos recuperar nuestro poder colectivo. Cuando el estado invierte sus mayores recursos en contener la amenaza de la movilización de masas, nosotros debemos estar organizados de antemano en esos espacios y en esas comunidades. Debemos adelantarnos, estar listos para capturar el impulso de la próxima rebelión e impelerla hacia un movimiento de masas en toda la regla.

Por sobre todo, buscamos la paz y las relaciones correctas entre todo lo vivo.  ¡Unánse a nosotros en esta lucha!